Por qué me gusta tanto Jess Franco
A veces me preguntan por qué me gusta Jesús Franco. Normalmente detecto curiosidad, a menudo incomprensión, y en ocasiones una especie de atracción por un misterio no revelado. Siempre empiezo a contestar con entusiasmo pero, tras varias acometidas, suelo dejarlo por imposible. Resulta fácil explicar por qué a uno le gusta David Lynch, o Godard, o incluso Roger Corman, pero con el tío Jess no es tan sencillo. Y el problema no es que la gente que ha oído hablar de él lo considere un director de cine casposo –en el mejor de los casos– o que lo comparen con Ed Wood (irritante comparación, y no porque el Sr. Wood sea malo, si no por la condescendencia con la que lo mencionan), uno se acostumbra a lidiar con estos prejuicios. El problema –fascinante, por otra parte– es que con Jesús Franco nada es tan sencillo como parece.
Sencillo no es acercarse a una filmografía de casi –o sin casi, según hagamos las cuentas– 200 películas, ¿por dónde empezar? Ni siquiera es sencillo acceder a la mayoría de los títulos, algunos incluso perdidos o secuestrados en un limbo de productores fenicios y distribuidores miopes, lo cual conduce al aficionado a un visionado aleatorio y desorientado que acarrea las primeras impresiones, por lo general confusas y poco favorables. Empezar por el principio suele ser lo más recomendable, pero en el caso de Jess Franco significa remontarnos a 1959 y a Tenemos 18 Años, una comedia de apariencia frívola cargada de explosiva metaficción, que a pesar de su capital relevancia, se nos queda corta para explicar su cine. Por otro lado, ver sus últimas películas sin previo aviso puede ser una experiencia traumática, como las dos horas y media de La cripta de las mujeres malditas (2008), un experimento sobre el tiempo en clave porno al que sólo se puede acceder desde la más libre de las posiciones como espectador, o desde un meditado y paciente ánimo de fan fatal. Y entre esos 50 años nos encontramos con una obra llena de etapas, niveles, estilos, interpretaciones y mutaciones, a cada cual más interesante y variopinta, que sólo empieza a adquirir un sentido global, sólido, y en definitiva, a adquirir el brillo propio de la obra un autor con mayúsculas, cuando la ves en conjunto y con cierta distancia. Porque en la filmografía del tío Jess todo está conectado, desde las primeras películas en España, auténticas celebraciones del cine y de la serie B, hasta las que rodó en Francia o en Alemania combinando sexo, sadismo (Sade ©), fantasías freudianas y muerte; desde sus personalísimas incursiones en el cine erótico de la Transición, muy alejadas del destape que se hacía por aquí, hasta sus últimas producciones en video, que parecen de algún modo renegar del cine mismo y proponer nuevos caminos audiovisuales. Todo aparece unido no sólo por personajes, lugares, arquitecturas, mitos, músicas o manías, sino por el aliento único e intransferible de un verdadero creyente del Cine como es Jesús Franco.
¿Pero cómo explicar todo eso a quien sólo ha visto goticismo antiguo en Gritos en la noche, erotismo bizarro en Necronomicon, psicotronía absurda en Drácula contra Frankenstein, o las curvas desmesuradas de Lina Romay en Macumba Sexual ? Una vez más, lo tengo que dejar por imposible. El crítico norteamericano Tim Lucas acuñó una frase que hoy es un aforismo para los franquianos: You can’t see one Franco film until you’ve seen them all (No podrás ver una película de Franco hasta que no las hayas visto todas), quizá llegar a entender eso es lo que mejor explica por qué me gusta tanto Jesús Franco.
(Texto publicado en librodenotas.com el 28 de noviembre de 2008 )
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Álex Mendíbil, Álex Zinéfilo, o Álex Z, ha escrito en fanzines como 2000maniacos, los subproductos marca Depravadös! y también algunos libros basura, entre ellos La noche de los sexos violentos (Ed. Glenat). Álex Mendíbil descubrió un día la llave secreta al universo de Jess Franco viendo por tercera vez Gemidos de placer, y desde entonces revisa compulsivamente sus películas, colecciona versiones alternativas y recopila datos misteriosos. Álex Mendíbil también hace otras cosas, que no vienen a cuento, y se siente raro hablando en tercera persona.